Torrija-Academia de Gastronomía de Castilla-La Mancha

El Arte Arquitectónico de la Torrija

Antonio Illán Illán.-

Hay un arte permanente que dura siglos, como la Venus de Willendorf, las pirámides de Egipto, L’origine du monde de Courbet o los toros de Guisando, y otro arte efímero que se va en un suspiro, como es el arte gastronómico, que atesora sublimes monumentos, entre otros, la torrija.

La torrija artística, la bien hecha, tiene arquitectura, si entendemos que esta siempre fue llamada “la madre de las artes”; y tiene ritmo, simetría, textura, contraste, que, cuando está acariciando la lengua y el paladar, nos trae a la mente aquellas mágicas palabras repetidas en el muy recordado discurso de Martin Luther King “I have a dream”.

Si los griegos llamaron a sus poetas hacedores, muy poetas son los hacedores de torrijas, que crean en esa estructura dorada un universo, en el que cabe el punto y la línea, el cubo y la esfera, la espiral y la pirámide, la coherencia y la no existencia del caos…y el todo lleva a un notar beso en la boca, cuando, tras el mordisco, se siente la canela en las papilas y un no sé qué que se va diluyendo como un suspiro. La torrija es arte que recorre las líneas invisibles de un universo de pan, leche y huevo con aromas.

La arquitectura de la torrija se cimenta en el pan. No vale cualquier masa de harina fermentada y horneada. Es necesario que la rebanada tenga los contornos precisos y no murallas de corteza y que en su interior que se aprecie miga prieta y no tan esponjosa que no soporte el jugo que la empape. ¡Equilibrio, Dios, el equilibrio! No hay arquitectura sin equilibrio. Luego viene la decoración de interiores, los elementos funcionales de la casa; ahí tiene presencia la leche infusionada, mejor que el almíbar, donde no puede faltar el sabor de la canela y, para mi gusto veleidoso, también ralladura de cítricos o cocimiento de cáscara de limón y de naranja. ¡Y fría!; que la leche esté fría, cuando se sumerja en ella esa balsa que es la lonja de pan especialmente preparado para ocasión tan singular. No hay enigmas, pues, así como el cubo es una estructura que no deja que sus lados se hundan, la torrija debe mantener su integridad, absorbiendo lo máximo que pueda para quedar jugosa, hasta el límite, sí, pero nunca más allá; el río nunca debe desbordar el cauce; su estructura vulnerable tiene que mantener la tersura de quien nunca se humilla agachando la cabeza. Los reposteros, magos de la sartén, ingenieros de la piedra filosofal de los fogones saben trasladar con su ancestral sapiencia el volumen empapado al huevo y del huevo a la sartén. Arte y ciencia se unen y se une la física del calor y la química del color, o quizá esto sea metáfora.

Vuelve a la luz, majestuosa. El ojo ve y se fascina con ese dorado de la torrija que parece la voz del silencio, ahí en su bandejita, esperando, bien empapada sin que escurra ni una sola lágrima de sus sentimientos interiores y sin que haya sombra de hilillos retostados del huevo del rebozo, uniformemente densa pero no seca y con la prudente envoltura de azúcar y canela.

Es la torrija un divertimento mozartiano o el pizzicato de El vals de la lluvia, un placer musical, evocador del gusto, cuyo efecto produce en nuestro campo emotivo de los sabores esa suerte de gimnasia imaginaria que nos tiende para distendernos o nos endurece para ablandarnos.

Arquitectura, en fin, y sinestesia sin límites, pues, solo viendo, oímos y gustamos. Torrija divina, proporción áurea, fragancia viviente, resplandor secreto en la estación inmóvil del tiempo, ¡te amo!, ¡te como! ¡Ya! La eternidad se hace presente entre mis labios.

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